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martes, 31 de mayo de 2011

Arte de trinchera II: Del compromiso social al autobombo

Cada plaza y cada lugar emblemático de las ciudades españolas se han convertido en símbolo de la lucha social y la ‘indignación’ del pueblo, en verdadero motor del cambio. Por fin somos conscientes del poder de las ideas que se materializan y creo, fervientemente, y apelando a cierta inocencia romántica, en futuros cambios políticos y sociales tan profundos que en su misma reforma haya un comienzo, un nuevo sistema de justicia social.

Pero también soy más consciente que nunca de que las buenas ideas son muchas veces eclipsadas por el ruido en el discurso del que ya hablaron estudiosos como Shannon y Weaver, el uso y abuso del grito indignado para un arribismo de peluca, el auto proclamado ‘artista’ que usa el clamor popular con fines oportunistas.

A estos, los charlatanes del discurso vacío, se les llena la boca de leyes que no significan nada. Ocupan la plaza junto a quienes propones ideas reales para un cambio político y se dedican a juzgar con una impunidad vomitiva la forma en que uno debe demostrar su compromiso por nuevo sistema basado en la igualdad y la solidaridad. A estos, los arribistas, quiero hablarles de uno de los primeros puntos del manifiesto de Democracia Real: la no- existencia de buenos y malos credos ni colores políticos. Los indignados somos y nos representamos de diferentes formas, hay múltiples maneras de apoyar la causa: desde una atalaya virtual, a cacerolazo limpio o amparado por una pancarta; uno puedo luchar desde la plaza o desde el lienzo, pero siempre con un sentido.

Mi forma de protesta favorita es la que bebe de la idea y la lleva a la cotidianidad. La mejor forma de presión, la que va de la filosofía una nueva praxis, es siempre comulgar con el ejemplo. Si crees en el libre acceso a la cultura, en una educación pública y universal, en que hay un mejor sistema electoral, en que este capitalismo feroz se nos come, ¿por qué no actúas y te dejas ya de eslóganes? ¿O es que ocupar una baldosa en una plaza basta para producir un cambio? Cuando dices amén a formas de empleo abusivas, nos alejas del cambio; cuando te comportas como un burgués, cuando respiras como un burgués y no dedicas un segundo de tu vida a hacer nada que no engorde tu reputación o tu bolsillo, nos alejas del cambio; cuando abogas por un acceso a la cultura libre pero te guardas tu propia obra para ti, nos alejas del cambio; cuando lo tuyo es puro amiguismo, cuando eres capaz de hacer rodar cabezas inocentes para que la tuya no se despeine, ¿deseas el cambio?
Con todos mis respetos, que se callen Almodóvar y Alejandro Sanz, con su Ley Sinde y sus cuentas en paraísos fiscales, que enmudezcan ‘Los Bienvenidos’ y los periodistas de papel cuché pagados por partidos políticos. El compromiso no va de pelucas, aunque te hagas una cresta con papel maché. Si ya lo dice la canción: “Teatro, lo tuyo es puro teatro…” Y yo en la calle me quedé.

Compra mi libro: www.autobombo.org.

martes, 17 de mayo de 2011

Arte de trinchera

El pasado domingo asistí a un pase de videoarte en un conocido centro de cultura barcelonés y me quedé con la sensación de que, excluyendo un par de piezas interesantes en las que el mensaje golpea como un bofetón a nuestras retinas, la mayoría era pura estética, un ejercicio de virtuosismo fílmico con muchas vergas en colores llamativos, eso sí, pero totalmente vacío. El paraguas que albergaba el programa era la creación de universos fílmicos perturbadores, aunque a la mayor parte del auditorio – cuatro de cinco que éramos, sin contar programadores – no nos perturbó ni el sueño o estaba, como el amor, en otra parte, porque en la tanda de preguntas hubo más silencio que en una pieza de John Cage. Nada qué decir, porque nada fue dicho antes.


Si este fuera un incidente aislado no merecería atención, pero es cada vez más frecuente que el arte, enfermo de mercantilización y notoriedad, sea puro eco en pozo vacío, por mucho que los románticos del nonsense, aquellos que dicen que crean para sí mismos, defiendan el arte por el arte – aun cuando quieren ser vistos y también comprados, que es igual a ser queridos -. Han olvidado, o tal vez nunca lo han sabido, que un artista que trabaja sobre los grandes problemas que nos atañen a todos es una suerte de revulsivo social, hace cambiar consciencia, ayuda al avance.

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