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martes, 13 de septiembre de 2011

Amnistía para el Sexual Combat

El ser humano como especie camina hacia su extinción. Antes de que nuestro planeta reviente como un forúnculo mal curado a causa de la contaminación o por el falo armado de dios en traje de corbata, lo hará nuestra incapacidad para comunicarnos. En los años sesenta de la pasada década la escritora Valerie Solanas nos arengaba en su Manifiesto SCUM al exterminio de los hombres por encontrarlos un atajo de retrasados e inseguros con el sexo como único motor de su existencia. Me pregunto si su vano intento por liquidar a esa diva albina de Andy Warhol no fue la preconización de una feminización de los hombres a raíz, dicen ellos, de que nosotras nos volvamos más “hombrunas”, cuando hombruno quiere decir activo, agresivo, falsamente orgulloso de nuestro nuevo papel de ‘cazadora’ de reses copulantes.

Hombres y mujeres somos víctimas de un estado de parálisis psicosocial, fundamentalmente emocional, producto de vivir entre dos morales, la de nuestros abuelos y su concepción de la vida familiar como máxima aspiración del ser humano, y la explosión – nuclear - de libertad sexual vivida a partir de los años setenta. Si bien es cierto que las mujeres estamos sometidas – también a nosotras mismas -, y aún sufrimos graves injusticias, Todos, sin excepción, chapoteamos en un enorme lodazal de dobles morales. El anacrónico ectoplasma de mi abuelita lanzándole ‘ayukens’ al enorme monstruo de vagina dentada de la mujer que ‘folla’ y que pretende ahorcarte con un sujetador si admites que lo que tú quieres es querer y no ‘follar’, que pocos hombres son un consolador, aunque haya algunos a los que no les importe serlo.

Y eso nos lleva al punto en que nos encontramos: un montón de seres muertos de miedo sin querer amar ni tampoco follar, paralizados frente al otro de pura angustia por las culpas viejas o la frívola y tan capitalista idea del utilitarismo aplicado a las personas. Cuando hasta la sinceridad es un problema, el respeto un fortín alrededor de nuestra identidad y el amor, aquello que sólo existe para Neruda y Cameron Díaz.

¿Qué hacer cuando la opción es ‘esquivar’ o hacer ‘SCUM!’ en plena cara?

viernes, 18 de junio de 2010

domingo, 6 de junio de 2010

Amores de auto caravana

“¿Qué serías capaz de hacer por amor?”, pregunté ebria de respuestas - de hecho, literalmente ebria-. “¿Qué no sería capaz de hacer por amor?”, contestó Lucy, hija como era de aquel sentido poético de la existencia, una Madame Bovary del siglo XXI. Como fuera que se inició aquel espinoso tema del amor, espinoso ya en sí y venenoso cuando se trata entre borrachos, ella, a su vez, continuó: “¿Te casarías conmigo? Será una ceremonia bonita en un pueblito de costa y luego recorreremos el mundo en una auto caravana”.  "Muy bien", dije yo sintiéndome la reina de la fiesta de fin de curso, "pero no vayas a creerte que voy a ir de blanco. Engorda".

Frank contemplaba la escena expectante. La primera boda lésbica de dos mujeres heterosexuales, pura pose, puro juego. “Yo seré el padrino. Sólo espero que vuestras damas de honor no quieran casarse entre ellas”. Lucy no le echó cuenta y siguió hablando de lo bonito que iba a ser recorrer el mundo en auto caravana. “¿Y no te gustaría más que viviéramos en un castillo en la Toscana?”, argüí. “Un palacete medieval para poder escribir la Novela Total”. Me miró con una fingida indignación, hizo un puchero bastante cómico –dos según lo veía yo en mi estado-. “Qué poco romántica eres. Yo sí que me iría con el amor de mi vida en una auto caravana, si me lo pidiera”. “Está bien, Lucy”, señalé con acritud creciente, “pero da la casualidad que no somos el amor de la vida de la otra. Además, no soportaría tener que estar pegada a alguien todo el tiempo; entre el estómago vacío y el aburrimiento hasta un poema de Cernuda acaba convirtiéndose en un chiste de Lepe”. “Pues yo haría burradas por amor", bromeó a destiempo Frank. Y entonces me asusté, si incluso Frank, soltero impertérrito, amante del 'made yourself', tenía aquella visión entregada de las relaciones, ¿qué diablos era yo? Apenas un bloque de cemento o de hielo, o peor aún, una bola de esparto, o el chasis de la jodida auto caravana. Fue la bilis, la sentí ascender por mi garganta como la corriente invertida de un río: “¡Qué os jodan! “¡Qué os jodan! ¡Falsos, poetuchos! ¡Al cuernooooooooo!”, les grité sin poder contenerme. Seguí soltando sandeces calle abajo, dejándolos allí plantados, mirándose con cara de no entender, sufriendo por si me arrestaba la poli creyéndome en algún estadio violento del síndrome de Touré”.

Últimamente he pensado mucho acerca de aquel rapto de locura homicida y la única explicación que se me ocurre es un exceso de romanticismo. Eso, y que debo tener el hígado irritado, y el chacra corona negro como el betún, y que somos esclavos de nuestras palabras, y qué pasará si los caminos se bifurcan y yo acabo en Goa y tú en Siberia... Y que mejor quédate tú la caravana, que siempre he preferido viajar a dedo.