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martes, 13 de septiembre de 2011

Amnistía para el Sexual Combat

El ser humano como especie camina hacia su extinción. Antes de que nuestro planeta reviente como un forúnculo mal curado a causa de la contaminación o por el falo armado de dios en traje de corbata, lo hará nuestra incapacidad para comunicarnos. En los años sesenta de la pasada década la escritora Valerie Solanas nos arengaba en su Manifiesto SCUM al exterminio de los hombres por encontrarlos un atajo de retrasados e inseguros con el sexo como único motor de su existencia. Me pregunto si su vano intento por liquidar a esa diva albina de Andy Warhol no fue la preconización de una feminización de los hombres a raíz, dicen ellos, de que nosotras nos volvamos más “hombrunas”, cuando hombruno quiere decir activo, agresivo, falsamente orgulloso de nuestro nuevo papel de ‘cazadora’ de reses copulantes.

Hombres y mujeres somos víctimas de un estado de parálisis psicosocial, fundamentalmente emocional, producto de vivir entre dos morales, la de nuestros abuelos y su concepción de la vida familiar como máxima aspiración del ser humano, y la explosión – nuclear - de libertad sexual vivida a partir de los años setenta. Si bien es cierto que las mujeres estamos sometidas – también a nosotras mismas -, y aún sufrimos graves injusticias, Todos, sin excepción, chapoteamos en un enorme lodazal de dobles morales. El anacrónico ectoplasma de mi abuelita lanzándole ‘ayukens’ al enorme monstruo de vagina dentada de la mujer que ‘folla’ y que pretende ahorcarte con un sujetador si admites que lo que tú quieres es querer y no ‘follar’, que pocos hombres son un consolador, aunque haya algunos a los que no les importe serlo.

Y eso nos lleva al punto en que nos encontramos: un montón de seres muertos de miedo sin querer amar ni tampoco follar, paralizados frente al otro de pura angustia por las culpas viejas o la frívola y tan capitalista idea del utilitarismo aplicado a las personas. Cuando hasta la sinceridad es un problema, el respeto un fortín alrededor de nuestra identidad y el amor, aquello que sólo existe para Neruda y Cameron Díaz.

¿Qué hacer cuando la opción es ‘esquivar’ o hacer ‘SCUM!’ en plena cara?

sábado, 27 de marzo de 2010

Federico Fellini y la teta monstruosa


Fellini solía decir que vivía dos vidas: una, despierto y la otra, dormido. No en vano, y por recomendación de su psicoanalista, Ernst Bernhard, se dedicó a plasmar sus sueños en cientos de dibujos durante 30 años. Un inconsciente genial, atormentado, profundamente marcado por la noción de lo femenino –una visión cruel, por cierto-, que recogió en su Libro de los Sueños.
Esta semana tuve la oportunidad de conocer algunas de estas imágenes oníricas en la exposición ‘Fellini. El Circo de las Ilusiones’, y salí de allí con el convencimiento casi absoluto de que el arte es la sublimación de las pulsiones más oscuras del ser. También entendí porqué sólo los neuróticos me parecen interesantes –debe ser que nos olemos-.
Mujeres rotundas, de caderas anchas y sexos que se dilatan como bocas de metro. A mí lo que más me fascinó fue que los pechos de aquellas mujeres eran increíblemente grandes en relación a su cabeza… Entonces, a la fascinación, se le sumó el deseo (también fascinante, por qué no) de practicarle al gran “Federico” una fimosis de serie B con tenazas enrobinadas. Una misoginia declarada, la suya, que muchos compañeros de manada, ciénaga, lodazal –vaya usted a saber- han maquillado arguyendo que la mujer fellinesca representa una crítica a la Italia del momento, una sociedad de niños de pecho necesitados de una matrona que los alimente. Y a mi juicio, Federico Fellini, el grande, el genio de la Strada, el de La Dolce Vita y también el de 8 ½, lo que realidad deseó fue tener a una mujer por piezas. Por buscar un símil en su filmografía, él es el niño Titta –hasta el nombre tiene guasa- de Amarcord, atrapado/seducido por la estanquera… Un crío indefenso atacado por una teta gigante.