martes, 22 de marzo de 2011

El testículo perdido de Hitler

Italia celebra su 150 cumpleaños como estado moderno y aún en los medios de comunicación resuenan los ecos manchados y marchitos de las correrías sexuales de Berlusconi. Y yo no puedo evitar pensar en Silvio e imaginarme su modo de gobierno como una suerte de remake del Amarcord de Fellini, y a Berlusconi convertido en un niño grande de pueblo perdido entre los enormes pechos de una estanquera-patria-madre italiana. Y tampoco puedo evitarlo –créanme que lo intento-, ver cierta lógica entre los hábitos sexuales y los gastronómicos, entre los hábitos sexuales, repito, y la forma de conducir un país. Y cuanto más lo pienso, más me acerco; y de repente, llega Nigel Cawthorne con su Sex Lives on the Great Dictators
y las preguntas absurdas se suceden con una lógica aplastante.

¿Estamos tan a merced de locos desnaturalizados como lo estamos de los desvaríos de la naturaleza? ¿En qué grado somos víctimas de las infantiles frustraciones de quienes nos gobiernan, de sus pataleos, de sus disfunciones eréctiles, del poder y el sexo jugando a hacer pulsos en los que pierde el que nunca juega, que somos nosotros? Adolf Hitler perdió un testículo durante la Primera Guerra Mundial y se obsesionó con engendrar una raza perfecta de albinos musculados y rubias valkirias. La idea de sometimiento, de anexión, de creación, en suma, de una enorme nación aria allá donde su escroto perdido no daba más de sí. Decía mi amigo, el antropólogo, que el sexo es siempre una guerra, una lucha de poderes. De la misma forma, lo que no se pueda arreglar en la cama, habrá que bombardearlo, que anexionarlo, que tomarlo por la fuerza y coronarlo con la “erección” de monumentos, de grandes mausoleos.

Para muestra, una bragueta: Mussolini presumía de tener 14 amantes y sexo violento con cada una de ellas ¿Habrá todavía alguna italiana casi centenaria con sus dientes marcados en las nalgas? O al menos eso insinuaba su amante Claretta Petacci en sus diarios. Stalin prefería el culo de una botella al trasero de una mujer, y Mao descubrió a los sesenta años que no todo el mundo tenía un testículo encogido y que era, como él mismo le dijo a su médico, un eunuco. La esposa del dictador rumano Nicolae Ceausescu se quejaba de ser mucho más ardiente que su marido; y el rey Fahd de Arabia Saudí utilizó toda su vida el sexo y la fertilidad como instrumento político, acordando matrimonios para unificar las treinta tribus – claro que viniendo de una familia de treinta y seis hijos, quizás fuera lo más natural - ¿Y quién no recuerda al caudillo de la República Dominicana, el general Trujillo, de quien explica Vargas Llosa que lo llamaban el Chivo porque era “un gran fornicador”? Y que en el virulento final de su ‘gobierno’ hubo de verse con problemas de próstata a los que se le sumó la rebelión de su pueblo; y una ya no sabe qué es lo que más le dolió, si la próstata o el pueblo, o eran para él ambos la misma cosa.

Hay situaciones que se no pueden evitar, como que un buen día los chuzos caigan de punta y a nosotros nos pille en la calle y sin paraguas, como que la tierra se resquebraje una mañana bajo nuestros pies. Pero en lo que concierne a nuestros derechos, al tipo de país en que queremos vivir y a quienes escogemos para que enarbolen la bandera, son nuestro propio deseo y nuestra propia voluntad los que deciden cuándo abrirnos de piernas, que en la vida no basta con apretar gatillos y de los ‘gatillazos’, mejor no hablemos.

Clicar AQUÍ para ir a artículo original publicado en Cadáver Exquisito diario Siglo XXI 22.03.2011.

domingo, 6 de febrero de 2011

El estilita visita Groenlandia

La revista de literatura Groenlandia acaba de publicar uno de mis cuentos veteranos: El Estilita.
Una reflexión sobre los peligros del excesivo existencialismo, también sobre la creencia en la existencia de Dios y sobre estar subido en "una caja de cables en el punto más alto del Empire State Building" y dejarse mecer por el soplo del aire - inconsistencia, ausencia de sentido-.

http://issuu.com/revistagroenlandia/docs/groenlandia_diez_revista

martes, 1 de febrero de 2011

Susan Meiselas y las ferias de strippers


Era la primera vez que había visto una mujer desnuda y sólo recordaba sus piernas. - Eh, Tim, ¿has visto qué tetas -, el pequeño de los O’Hara le palmeó la espalda. Tim asintió con la mirada extraviada y la boca seca; en realidad no se había atrevido a deslizar los ojos hacia arriba. Hay piernas que merecen un respeto.

Dice Susan Sontag que una única fotografía no puede explicar una historia, porque toda historia implica un proceso, un desarrollo en el tiempo. Lamento contradecirla – no, realmente me gusta -, pero a Sontag le faltó la imaginación suficiente para observar fotografías como leyéndolas, porque hay algunas instantáneas que explican toda una vida, cuyos personajes parecen salirse del papel satinado, mirarte fijamente y decirte “¿Te das cuenta de lo que está pasando?”. Eso justamente fue lo que me ocurrió cuando conocí la obra de la fotógrafa de Magnum Susan Meiselas.

El que fue su primer trabajo como fotógrafa, Carnival Strippers, se exponía hasta el pasado fin de semana en el Espai Virreina de Barcelona. Un recorrido por la América profunda de principios de los setenta y sus ferias ambulantes de ‘exotics’, que eran verdaderos circos ‘kitsch’ de mujeres desnudas que se ofrecían en una tarima para deleite de los granjeros y paletos locales, mientras el presentador, algún tipo al que debían llamar Big Daddy o algo por el estilo, lanzaba comentarios no poco ofensivos sobre las rotundas curvas de estas “ovejas descarriadas”, que diría el reverendo.

Unas imágenes que no enjuician y simplemente recogen el testimonio sus testimonios, en escena y en el camerino; desnudas, fumando a la espera de que la cortina se abra o hundidas en la bañera de algún motel de carretera. Las mujeres también hablan para Meiselas, sus voces quedan registradas y nos muestran la disparidad de versiones de quien explica que se siente explotada o quien cuenta cómo y cuándo llegó a la feria y que aquella es su única familia. Y a mí este trabajo, que supuso la entrada de Susan en la agencia Magnum en una época en la que ser mujer y fotógrafa es como ser mujer y política en un país islámico, me permitió por un momento viajar en el tiempo a una época de contradicciones - no tan alejada de la nuestra, si lo pensamos bien - en que mientras las abanderadas del feminismo clamaban por el derecho de la mujer, en los pueblos se mercadeaba con la carne y se las separaba entre las mujeres decentes y la de las blancas nalgas, sí, la fulanas de la tarima.

Carnival Strippers, al igual que los trabajos de Meiselas sobre la revolución nicaragüense o sobre los asesinatos de la guerra civil en el Salvador o la corrupción y miseria de la Latinoamérica de los 80’, nos hace revivir el drama in situ; son imágenes que laten, que te transportan. ¿Qué una fotografía aislada no dice nada? Eso no es cierto. Carnival Strippers recoge muchos retratos, tantos como historias cuenta cada uno de ellos. Por eso y porque a veces vale más una imagen que mil palabras, reivindico el papel totalizador de la fotografía. ¿No es acaso nuestra vida una suma de instantes irrepetibles?

Publicado en Cadáver Exquisito diario Siglo XXI. 01/02/2011